Nunca dejen de Orar

—I Tesalonicenses 5:17 NTV

Es una actitud del corazón. No se trata de arrodillarnos sobre un frío pavimento de piedra desde un atardecer hasta el siguiente. Cuando nos enamoramos existe un constante y dulce deseo de estar con la persona amada. Aunque no estemos físicamente juntos en el espacio y el tiempo, podemos sentir su presencia tan ciertamente como sentimos la brisa en nuestro rostro un cálido día de verano.

Mientras realizamos nuestras tareas y responsabilidades habituales recordamos a las personas que amamos, les hablamos silenciosamente desde nuestro corazón, y aún sin emitir palabras sabemos que nuestros corazones son uno solo.

Orar continuamente es sentir el amor de Dios tan profundamente que su presencia envuelve nuestro corazón. Allí en nuestro propio corazón podemos encontrar a Dios en la oración, no importa lo que esté pasando a nuestro alrededor. En el silencio de su latir, el contenido de nuestro corazón se derrama en el corazón de los cielos.

A veces podemos dejar de hacer lo que estamos haciendo y conscientemente hablarle a Dios con palabras. En otras ocasiones, simplemente podemos pedir a Dios que lea nuestro corazón, o

inesperadamente durante una reunión importante, o al cambiar un pañal, o al hacer nuestras compras en el mercado, nuestro corazón se siente de repente tan cerca de Dios que se nos escapan espontáneamente palabras de admiración y amor. Debido a que estamos eternamente entrelazados con Dios.

 No se requiere un gran esfuerzo para orar siempre, sólo se necesita que nuestro corazón esté lleno del amor de Dios y de amor por Dios.

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