Por Nicolás Panotto

La política no es cuestión de blancos y negros. En realidad, casi nada en la vida se dibuja entre esos polos. Los grises, las complejidades, las contradicciones, representan los senderos entre los cuales caminamos día a día, y desde donde construimos y entendemos la política. Estas condiciones infunden temor. De aquí que la política muchas veces se transforme en un campo de búsqueda de certezas, de autoafirmaciones que se imponen y anulan, y de enarbolación de mesianismos, cuestiones que no hacen más que clausurar las fuerzas dinamizantes del campo social.

 I

Ante todo, vale recordar que cuando hablamos de política no nos referimos a un espacio de burocracia partidaria y estatal, regido por una serie de profesionales en la materia. Aunque ello es una realidad necesaria, la política es mucho más: ella está en manos de todos y todas. Más aún, supera la misma noción de ciudadanía, cuya legalidad muchas veces no abarca el amplio abanico de representaciones socio-culturales existentes en nuestras sociedades, transformándose con ello en un término por momentos excluyente.

La política tiene que ver con las dinámicas que se crean en un grupo para construir el conjunto de representaciones, discursos y dispositivos institucionales que tienen por objetivo atender a sus demandas sociales, culturales y económicas. En este sentido, el eje de la política está puesto en las demandas y las búsquedas que ellas despiertan, y no en las formas y prácticas concretas, como modos absolutizados de “hacer política”. Dichas prácticas se transforman en la medida en que surgen nuevas demandas y cambian los escenarios sociales. En otras palabras, los tipos de institucionalidad política –sean organizaciones, partidos o el propio Estado- siempre son pasajeros. Más aún, la eficacia de dichas instituciones deviene de la manera en que permiten que esta dinámica de construcción y redefinición se mantenga en constante proceso, sin anquilosarse en prácticas y discursos particulares que terminen siendo funcionales a sí mismas, y no a la atención de las transformaciones que viven los pueblos.

 II

Ahora bien, la dinámica política también implica la identificación y definición de dichas demandas y de qué modo se atienden. Ello no se da de una manera armoniosa ni unidireccional. Se manifiesta, más bien, en un diálogo entre diversas posiciones que discuten, litigan y se confrontan para alcanzar acuerdos provisorios y articulaciones entre diversas formas y prácticas.

Por ello, la política es el conflicto que imprime una búsqueda constante entre las diversas voces y representaciones que se hacen presentes en un grupo social en torno a sus necesidades y posibilidades. No existe un tipo de institucionalidad que pueda atender a todas las demandas; por el contrario, cada demanda puede llevar a la articulación de diversos mecanismos institucionales, de las maneras más variadas. De esta forma, el campo socio-político es la impresión de un espacio plural y heterogéneo, que se mantiene en constante tensión; una tensión sana, que hace a su movimiento y cambio inherentes.

De aquí se desprende que la política siempre implica un acto de interpretación. Las posiciones políticas tienen que ver con modos en que se comprende la realidad. Más aún, con formas y discursos que se optan para dicho propósito. Por ello, las posiciones son siempre subjetivas y falibles. Cada una lee y reconoce una cara de las multifacéticas tramas de la situación social, y eligenconsiderar ciertos elementos y negar o secundar otros. Lo importante es reconocer que cualquier posicionamiento es siempre una opción sesgada, hecho por el cual las absolutizaciones (en relación al propio posicionamiento, al lugar del otro o a la imposibilidad de la resignificación) son siempre cercenantes de la dinámica política.

 III

Esto también nos lleva a reconocer que las polarizaciones son algo intrínseco de la dinámica socio-política, en el hecho de que todo momento de autoafirmación implica denominar a un Otro de quien difiero y a quien respondo. Inscribiendo estas polarizaciones dentro de un campo social más amplio, tal como afirmamos, debemos entender que ellas no marcan el único trazo en disputa. Más aún, las particularidades que constituyen dichas polarizaciones distan de ser espacios homogéneos y clausurados en sí mismos; la pluralidad forma parte de ellas, las atraviesa y también provoca tensiones en su mismo seno.

Por ello, vale advertir que muchas veces, como ciudadanos y ciudadanas, concentramos nuestra posición interpretativa sólo desde la ficción que se crea entre los bandos de dicha disputa. Pero debemos saber que la política siempre es más del juego que se crea entre los elementos específicos de ciertas polarizaciones, no restringiéndose al conflicto entre dos o más partidos, sectores o ideologías. La política está en manos del pueblo, y ello debe quedar en claro para su sana ejecución y práctica.

Por último, esto también nos debe llevar a reconocer que identificar un extremo en el otro, no implica que uno/a mismo/a no esté también posicionado de la misma manera, pero desde otro costado. La naturalización de los posicionamientos políticos es un gran peligro que amenaza tanto a espacios institucionales como a cada ciudadano/a. Es muy común escuchar: “yo solo miro la realidad; no tengo una opción política”. Eso es no reconocer que nos encontramos en un entramado en donde cada uno/a se mueve, tomando opciones y emitiendo juicios desde lugares particulares. Reconocer esa dinámica inherente al campo social nos ayudará a no posicionarnos en lugares de verdad incuestionables, como también a tener mayor cuidado con el juicio hacia el otro/a o su posicionamiento, y a promover un espacio de diálogo e interacción.

 IV

Hablando sobre estos temas, una persona me preguntó una vez: “entonces, si es así, ¿quién dice la verdad?” Esto es muy común en el campo político: la credibilidad de una institución o un personaje en este campo suele legitimarse por la gente si representa “la verdad”, que puede ser la lectura de una realidad o la constitución de un modelo político. Pero, ¿cuál es la verdad y desde dónde la afirmamos para realizar tal identificación? Este tema cobra aún más sensibilidad frente a la gran influencia de los medios de comunicación como instrumentos de creación de imaginarios socio-políticos, los cuales también hacen recortes y opciones como cualquier institución social.

La verdad no es una substancia o un objeto delimitado que se puede encontrar y poseer. Más bien, es un horizonte o, en palabras de Ernesto Laclau, un significante vacío que se va definiendo constantemente en la medida que se busca su sentido. Esto tiene varias implicancias. Primero, que la verdad no tiene por objetivo denominar algo de forma absoluta sino provocar una búsqueda de sentido en los interminables intentos de definirla. En segundo lugar, esto indicaría que nadie puede hacerse de la verdad sino que ella (o ellas, porque no existe una sola y única) se manifiesta, de alguna u otra manera, en la interacción de cada particularidad que intenta comprenderla.

Debemos tener sumo cuidado con el uso de esta retórica en el campo político. La verdad sobre lo social, sobre sus situaciones y limitaciones, sobre el lugar del Estado, sobre las posibilidades de acción, entre otras cosas, son elementos que no tienen una respuesta única, y menos aún extensible in aeternum por un espacio o sujeto particular que se adjudique todas las salidas posibles. También, es un llamado de atención a los ciudadanos y ciudadanas en sus búsquedas de verdad: no habrá espacio alguno que responda a ella de manera única; a lo sumo, será una opción subjetiva de cómo creemos que un sector o persona responde a las inquietudes que impulsan a esa búsqueda. Una opción –repito- falible, y que requiere entrar en diálogo con otras maneras de ver la realidad.

 V

En conclusión, podemos decir que la política dista de ser un ejercicio que busca una unidad donde la paz provenga de cierta práctica concreta que responda a todas las demandas sociales. Por el contrario, la política tiene que ver con el protagonismo de todos los sujetos y grupos que componen una sociedad, que se dibuja en las tramas que se producen desde las sanas tensiones originadas por las búsquedas de comprender y definir las demandas, así como en la construcción de alternativas prácticas para responder a ellas.

Vivimos en tiempos de fuertes polarizaciones, cuya realidad, dependiendo de la forma en que la leamos, puede ser una gran posibilidad de avance, como también un paso para el caos. No debemos abogar por la anulación del conflicto, posicionándonos en lugares de verdad absoluta o negando al otro en su derecho. De aquí, algunas advertencias:

– No temamos a ciertas polarizaciones, sino sepamos que el campo de lo político siempre es mucho más amplio de lo que algunas disputas reflejan (y de lo que los medios de comunicación parcializan al respecto) Lo político se deposita en la posibilidad de cuestionar y, si es necesario, superar los diversos posicionamientos. Pero para ello, necesitamos la movilidad del conflicto y hasta la existencia de polarizaciones.

– Recordemos que los posicionamientos políticos son siempre subjetivos en tanto actos de lectura parcial de una realidad. Tanto el otro/a como uno mismo hacemos siempre una opción sobre cómo leer el contexto, su situación y sus necesidades.

– La dinámica política tiene que ver con la convivencia con las tensiones que provocan las búsquedas de vivir mejor y de atender a las demandas. Anular estas tensiones significa anular la propia política.

– Crear un espacio democrático y republicano implica reconocer que las posiciones particulares son una más dentro de un espectro amplio, y que su afirmación debe construirse en un dialogo tensionante y conflictivo con el otro.

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