‘Tomó un poco de pan y dio gracias a Dios por él. Luego lo partió en trozos, lo dio a sus discípulos y dijo: «Esto es mi cuerpo, el cual es entregado por ustedes. Hagan esto en memoria de mí».

Después de la cena, tomó en sus manos otra copa de vino y dijo:«Esta copa es el nuevo pacto entre Dios y su pueblo, un acuerdo confirmado con mi sangre, la cual es derramada como sacrificio por ustedes.’

Lucas 22:19-20 NTV

Cuando Jesús se reunió con sus amigos para la comida de Pascua, habló sobre el pan y el vino en términos de entregar su vida para que otros puedan vivir. También dijo que recordaran este misterio. Observamos ese evento ritualmente en la iglesia, pero ¿lo hacemos cada vez que comemos?

 Los alimentos que consumimos proceden de un universo basado en el constante intercambio de energía. Toda la energía en la tierra proviene del sol, que surgió cuando murió su abuela estrella, liberando elementos vitales y energía para la existencia de la vida en la tierra. Todas las plantas y animales que nos alimentan para poder movernos, pensar, cantar, crear, soñar, toman su energía del sol.

 El universo existe intercambiando energía constantemente. Finalmente cada ser rinde su vida liberando energía hacia el universo. Una y otra vez, ese intercambio se produce, en ciclos de muerte a vida, de transformación y resurrección.

 Jesús no tuvo acceso a esta ciencia, pero sabía que la comunión era algo más que el encuentro para una comida ritual. Era y es el pleno reconocimiento de que todo lo que existe es un ser vivo, una malla, tejida durante 13.7 mil millones de años de creación, que es esencialmente eucarística*, un hecho concreto de gracia y amor.

*Eucaristía: Acción de Gracias (griego)

  P. Alvaro Duran.

0 Comments

  1. Mati Lopez dice:

    ¡qué bonito artículo! Bendiciones.

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