Por Stefanie Kreher

El pensamiento de la Reforma protestante implica una cambio paradigmático, no sólo desde una perspectiva teológica, sino también antropológica.
En tanto somos seres humanos pre-juzgamos a los otros y las otras que son diferentes a “yo” (o a lo que cada quien cree que es “yo”). Es decir, en tanto seres humanos, juzgamos a los demás seres con quienes nos encontramos y desencontramos. Ese juicio previo es permanente. Es “lo primero que aparece” en el encuentro.

Sin embargo, por la fe es que la vinculación con otros y otras no es desde el pre-juicio humano, sino que es por Jesucristo. Que sea por medio de Jesucristo, implica que –en tanto soy cristiano o cristiana- no soy “yo” el sujeto de la relación.

Por la fe, es que soy consciente de que mi vida ha dado un giro y ya no es la misma. Pero la fe no es un evento puntual, como sí lo puede ser la conversión o el bautismo, por ello es importante a cada momento “recordar”, “volver a tomar conciencia” de ese hecho. La gracia de Dios, es amiga de la realidad y -en tanto tal- está en la realidad. La proclamación del Evangelio es tarea de todo cristiano y toda cristiana. El Evangelio no es historia pretérita, sino que es esa acción que se vuelve a hacer presente en el testimonio, en la proclamación actual del Evangelio. El Evangelio tiene por núcleo la justificación por la gracia a través de la fe. Y es por la fe, que es necesario –a cada momento- recordar (y en ese recordar también “hacer presente”) que no soy “yo” quien puede generar algo significativo, sino que es Cristo. Como dice Gálatas 2:20: “Que ya no viva yo, sino Cristo en mí”. “Que ya no viva yo” quiere decir que ya no viva mi pre-juicio sobre los otros y las otras, ni los pre-juicios de los otros y las otras sobre mí. Lutero decía: “Si vive Dios, muere el ser humano, si vive el ser humano muere Dios.” Si vive Dios, muere el ser humano y si vive el ser humano, muere Dios en la cruz, crucificado por la ley.
La ley crucificó al hijo de Dios, pero la muerte no venció. La ley crucifica a miles y miles de personas cada día pero la muerte no vence! (…¿o sí vence?). Muchas veces se piensa que donde hay ley no hay gracia y donde no hay ley hay gracia. Sin embargo, la Reforma enseña que la ley y la gracia conviven, coexisten. La ley es necesaria porque es la “encarnación del pecado”. Suponiendo que el pre-juicio es el “pecado”, aquello que “tenemos adentro” y no nos podemos “sacar”, la ley es su fuerza, su poder, su “secretario ejecutivo”. La ley es quien “ejecuta”. La ley nos muestra a qué es capaz de llegar el ser humano en su afán pre-juicioso que es un “barril sin fondo”.
Cuando el prejuicio (=pecado) “se encarna”, aparece la ley. Cuando el Hijo de Dios se encarna, aparece el Reino de Dios. Pero aún ese Reino no está consumado, pero en tanto creyentes, vivimos en esa promesa, esa memoria viva y ese Evangelio. Pero vivimos en este mundo, que está basado en la ley y es ella la que reina. El Espíritu sopla donde quiere, cuando quiere y como quiere. Y donde sopla, ahí aparece el Evangelio.
El Evangelio nos es dado en el encuentro. Por este motivo necesito de los otros y las otras, pero no quienes son “parecidos a mí” sino quienes son diferentes. Porque en la palabra del otro y la otra, puedo entontrarme por medio de Jesucristo. No desde el pre-juicio, sino desde el “no-yo”. Que Cristo viva en mí, no significa que yo le hago un lugar en mi corazón y que cada vez que le quiero invocar, alcanzará con mirar dentro de mi corazón. No. Quiere decir que yo muero para que él viva.
El ejercicio de despojarse de uno mismo es la espiritualidad de la Reforma. Y eso no quiere decir que debamos estar meditando 24×7 en un lugar aislado. Quiere decir que Cristo es quien me pone en movimiento para la gloria de Dios. ¿A dónde me dirige ese movimiento? No lo sé. Y de eso se trata el seguimiento…
La fe es un regalo, al igual que la gracia de Dios. Ese regalo, me es posible aceptarlo por medio de la fe que Cristo despierta en mí. El regalo es un regalo. Se lo acepta o no. Lo realmente genial de este regalo es que no sé lo que “contiene”. Es un misterio.
Pero si digo que tengo fe, que soy cristiano, que soy cristiana, que he aceptado el regalo (no por fuerza propia, sino por fuerza de Cristo), entonces no habrá motivos para no proclamar el Evangelio con toda mi existencia. Porque el “propósito de mi vida”es ese.
Ahora bien, yo no puedo proclamar el Evangelio porque no lo poseo. Porque el Evangelio, la Buena Noticia, nos es dado en el encuentro. En aquel encuentro que no es desde el prejuicio, sino aquel que genera Cristo. Necesito de los otros y las otras porque sin ellos y ellas no me puede ser pronunciada la palabra de consuelo del Evangelio. Más allá del “pecado del ser humano” y del “horror del mundo” hay una realidad que es la gracia de Dios, que es transformadora.

Empoderado por: Dioses Locos

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