El feminismo, si ha de prevalecer, tendrá que dejar los vectores machistas interconstruidos que le han insuflado vida durante tanto tiempo para convertirse, sin más, en un humanismo contestatario y redentor.1

1.Una cuestión fundamental para los estudios y las preocupaciones feministas a lo largo de los años ha sido cómo es posible el machismo; cuáles son sus determinaciones biológicas, culturales, sociológicas e históricas. Si es factible diseccionarlo para conjurarlo. Rastrear los nudos cotidianos que lo mantienen firme como una red de fuerzas pertinaz y diseminada en la totalidad del organismo social. Determinar el tipo de medidas pragmáticas compensatorias de la desigualdad entre los géneros. Etcétera. En este ensayo haré una pregunta distinta y paralela: cómo es posible el feminismo.

La idea que intentaré defender es que, en la mayoría de sus manifestaciones, el feminismo es un avatar del machismo y que, en el empeño por construir sociedades más justas y un mundo más habitable para todos, habría que pasar por detrás de ambas determinaciones, por más que una sea concebida, con buenas razones, como perniciosa (el machismo) y la otra sea concebida, también con buenas razones, como benéfica (el feminismo).

En este sentido, entiendo al machismo y al feminismo como falsos opuestos que han llegado a un punto de retroalimentación positiva2 cuyos resultados son más desafortunados que afortunados en por lo menos un rasgo fundamental: crear la ilusión de que una serie de políticas públicas pseudo-compensatorias ayudan a mitigar el desnivel que históricamente ha existido desde que en tiempos inmemoriales el género masculino se hizo con la totalidad del poder en este planeta.

La historia de los falsos opuestos no es nueva y puede rastrearse hasta el núcleo mismo de la religión dualista por excelencia: el cristianismo. Dios y Satanás comparten un bagaje común, cualidades ontológicas similares (por ejemplo, la vida eterna) y potencialidades hermanadas (por ejemplo, la intervención milagrosa), ya que el último fue creado en los Cielos y permaneció muy cerca del Padre hasta que la vanidad y la rebeldía lo hicieron enemistarse con el mandamás del universo, quien en represalia lo hizo encadenar en el averno.

Más allá de la metafísica religiosa y más cercano en el tiempo histórico, otro falso dualismo configuró prácticamente la totalidad de las escaramuzas ideológicas del siglo XX: el capitalismo y el comunismo fingieron disputarse las conciencias, las economías y las vidas de cientos de miles de personas en el planeta entero. Por desgracia, la oposición entre uno y otro era de papel, ya que ambos formaban parte de la esfera ideológica liberal que rigió al sistema-mundo capitalista desde la pacificación de la Revolución francesa hasta finales de la década de los sesenta del siglo pasado, de acuerdo con el pensador que con penetración ha visto esto, el sociólogo neoyorquino Immanuel Wallerstein. En sus palabras: “el conservadurismo, el liberalismo y el marxismo […] fueron ideologías sistémicas mundiales”.3 Su objetivo fue el control estructurado, maleable y dinámico de las masas que, tras el apaciguamiento de la Revolución francesa, se vieron de pronto quizá no tanto ante la posibilidad real como ante el deseo de hacerse con el poder del Estado.

Los detentadores del poder desde aquellos tiempos sustanciales para la historia del mundo moderno comprendieron que una vez que las masas hubieron echado a volar su imaginación y su deseo, podían desbordarse más tarde o más temprano. El orden ideológico liberal puso entonces en marcha tres estrategias fundamentales para el control del cambio: a) la creación de las identidades nacionales; b) la redistribución de la plusvalía un poco arriba del mínimo indispensable para crear la apariencia de confort, y c) el otorgamiento del derecho al voto a cierto grupo importante de la sociedad.4

De manera relevante, “la estrategia liberal fue aplicada en la práctica por los esfuerzos aunados de conservadores y socialistas”.5 Así, históricamente, “después de 1848 (y hasta 1968) tanto los conservadores como los radicales modificaron sus posiciones en la práctica, e incluso en la retórica, para ofrecer versiones de su ideología que resultaban ser meras variantes del programa político del centro liberal”.6 En suma, éstas se redujeron a posturas sobre la modulación de la aceleración del cambio: casi estático, moderado o acelerado, respectivamente, para el conservadurismo, el liberalismo y el socialismo-comunismo.

El liberalismo, así, representó la línea de equilibrio de la lucha ideológica. Al hacerse con el poder político y expandir su ideología en el mundo paneuropeo y, con posterioridad, en el resto del mundo, la esfera liberal era perfectamente consciente (ya que sus sustentadores eran integrantes de la cúpula dominante) de que “El moderno sistema mundial era, y es, un sistema capitalista, es decir, un sistema que opera sobre la premisa de la acumulación incesante de capital a través de la mercantilización de todo”.7

La idea que intentaré defender es que, en la mayoría de sus manifestaciones, el feminismo es un avatar del machismo y que, en el empeño por construir sociedades más justas y un mundo más habitable para todos, habría que pasar por detrás de ambas determinaciones, por más que una sea concebida, con buenas razones, como perniciosa (el machismo) y la otra sea concebida, también con buenas razones, como benéfica (el feminismo).

Siguiendo a Wallerstein, afirmo que existen diferentes paralelismos estructurales entre lo que ha ocurrido en el sistema-mundo, en el nivel político-ideológico, en los últimos doscientos años y las consideraciones ideológicas del feminismo, por lo menos en sus versiones más socorridas. Asimismo, existe una paradoja en la instrumentalización feminista (por medio de implementaciones de políticas públicas de género) similar a la que ha ocurrido en el sistema-mundo con la toma del poder del Estado por parte de los movimientos antisistémicos, entre los que se incluye a los socialismos, el comunismo y los movimientos de liberación nacional. Ambos giros pragmáticos han producido efectos negativos para los propósitos en principio encomiables de unos (los movimientos antisistémicos) y de otro (el feminismo).

A grandes rasgos, sucede que tanto el variopinto espectro de movimientos antisistémicos que se hicieron con el poder del Estado, como la materialización feminista de políticas públicas en buena parte del mundo occidental, han provocado que, a largo plazo y en sentido profundo, se haya legitimado el sistema que dicen abominar: tanto el capitalismo como el machismo estructurales se han visto reforzados por esos movimientos, ya que las dádivas que se han dado a los movimientos supuestamente contestatarios solamente han hecho posible el apuntalamiento ideológico de centellas conceptuales como la tolerancia, la apertura y el “liberalismo cívico” que el sistema presenta como sus grandes logros histórico-filosóficos.

2. Tres han sido los principales logros del feminismo mundial, que se han materializado de manera pragmática: a) la posibilidad de tener derechos laborales equitativos; b) la oportunidad de las mujeres a decidir sobre su sexualidad, y c) la consecución de espacios exclusivos para el género femenino dentro del amplio espacio urbano de la vida común. Los tres han sido sometidos a diferentes carices ideológicos y en numerosas ocasiones han sido utilizados de manera mañosa y propagandística por este o aquel grupo político en diversas partes del mundo. No me ocuparé aquí de estas consecuencias parasitarias de los logros feministas, sino del trasfondo de éstas.

El machismo sirve de fiel de la balanza para las propuestas instrumentales feministas. Pero no sólo eso, sino que sirve también de modelo. Lo que los logros feministas materializados en la vida pública representan es la otra cara de una misma moneda: la concepción de las personas a la luz del sistema-mundo capitalista; el cual, por hipótesis, es un sistema estructuralmente machista.

a) Observemos el primero de los principales logros feministas, las oportunidades para obtener el mismo tipo de empleos que los hombres. Meta que se logró una vez que se consumó uno de los bastiones del feminismo histórico: el estatus de ciudadanía para las mujeres. Sería muy raro que alguien en su sano juicio viera esto como algo negativo. El éxito obtenido en este terreno ha permitido a las mujeres ser económicamente independientes, elevar la autoestima y tener la posibilidad de dejar de ser tratadas como ciudadanos de segunda categoría. Todo esto es cierto. Sin embargo, el telón de fondo de este encomiable logro de la Modernidad es la estructura de producción y competitividad machista. En este terreno, quizá con mucha mayor claridad que en otros, las mujeres, sin más, quieren ser como los hombres. Con el agravante de que los hombres productivos son las piezas elementales de recambio de la economía-mundo capitalista, con su pléyade de infortunios para el grueso de la humanidad.

Sin duda, la opción (la única opción) que otorga el sistema a las mujeres, además de incorporarse a la vida productiva, es la de ser “amas de casa”, que es una manera de productividad pasiva que no hace sino diferir los costes salariales a la unidad doméstica en lugar del individuo. Ambas, tanto la de la productividad oficial como la de la productividad pasiva son opciones perfectamente estructuradas por la economía-mundo y ambas apuntalan la acumulación incesante de capital en unas cuantas manos.

Algo de lo que no se percataron las feministas históricas al luchar a brazo partido por este logro fue que la dualidad mujer productiva/ama de casa era falsa. Los dos son enclaves del sistema para subsistir con éxito como lo ha hecho hasta la fecha. Por igual, los dos son enclaves de la estructura machista. La opción histórica que las feministas dejaron ir en este terreno fue la de romper con la mencionada dualidad, asignando papeles diferentes en el terreno económico tanto a hombres como a mujeres. Aún más: haber imaginado un tipo de estructura de producción e intercambio ajena a la que hemos conocido en los últimos quinientos años. En cambio, lo único que verdaderamente se logró fue proporcionar una mano de obra más abundante al sistema de producción capitalista.

b) La decisión sobre la sexualidad propia ha sido llamada de manera casi unánime por las feministas “decisión sobre el propio cuerpo”. Uno de sus caballos de batalla, así como uno de sus grandes orgullos, ha sido la legalización del aborto en diversos países (o ciudades), definiéndolo como un método anticonceptivo más. Las consideraciones morales y médico-biológicas son amplias y bien conocidas. Es un terreno en el que los moralistas de los bandos en disputa (que podemos llamar feministas y fundamentalistas) parecen no ver más que contundentes claroscuros. Nada de grises, cero matices. No entraré en el detalle de esas disputas.

No obstante, hay una consideración de gran envergadura que las feministas no toman en cuenta y que, en cambio, abona al machismo. La llamada defensa sobre la decisión del propio cuerpo es, en resumen, pueril. Admitiendo que un embrión o un bebé que aún no nace no es un ser independiente, sino un apéndice más del cuerpo de las mujeres, la cuestión del aborto es lógicamente igual a la posibilidad de amputarse un brazo, una oreja o la punta de la nariz por propia elección. En un caso así, lo único que podríamos decir es que allá cada cual con sus gustos. Pero, ¿qué diferencia real hace esto contra el machismo? En la vida real, ninguna. A los varones les da lo mismo el método anticonceptivo que empleen las mujeres mientras a ellos no se les “mancille” su esfera de aislamiento para la crianza y otros menesteres de la reproductibilidad humana. Es más, la opción del aborto como método anticonceptivo trae consecuencias económicas, de salud e incluso psicológicas que se pueden evitar de la manera más simple: con el uso masivo de la píldora anticonceptiva; ese sí, un logro incontestable de la feminidad en la era de la sexualidad plástica, como la ha llamado el sociólogo inglés Anthony Giddens.

La cuestión fundamental que no se han planteado las feministas y que, ésta sí, no deja intacto al machismo tiene que ver con la elección sobre el cuerpo no propio, sino de las otras personas; en particular, el de los infantes. Que por azares de la biología evolutiva de nuestra especie las mujeres sean las únicas capaces de gestar una vida nueva (por lo menos hasta el estado actual de la instrumentación científica) no implica en manera alguna que sean ellas las que deban llevar la responsabilidad y el peso de criar a esos productos de manera exclusiva. Éste es el verdadero tema acerca de la sexualidad y de las decisiones sobre el cuerpo. No el aborto. Que una mujer pueda hacer lo que le venga en gana con su cuerpo sólo la iguala con lo que los hombres han hecho durante miles de años. En cambio, que un hombre tenga que asumir las responsabilidades de la crianza y la educación de los hijos quiebra de raíz la ideología machista que, entre otras cosas, se ha escudado en una supuesta determinación biológica irreductible sobre éste y otros temas relacionados.

En este sentido, la multitud de leyes en el mundo dedicadas a sentenciar los casos de separaciones conyugales con todo su abanico de posibilidades no hacen sino apuntalar el papel y la figura del hombre machista en estos menesteres: le conceden una visita semanal y le quitan un porcentaje considerable de su sueldo. Por no hablar de que no existe legislación alguna que obligue al género masculino a asumir una responsabilidad activa sobre su prole, independientemente del estatus legal que guarde con la madre de ésta.

Así, a lo largo y ancho del planeta, además de no contar con la participación casera del hombre, las mujeres con hijos que deciden separarse del padre de éstos encima tienen que cargar con el peso del cuidado, el financiamiento y la crianza de los niños. Por supuesto, la fantasía de la crianza sistemática de los hijos sin los hombres sólo es una ilusión de cierto feminismo radical: en este planeta, cuya raza humana ha evolucionado en dos géneros con miembros igual de numerosos, pretender dejar fuera por decreto a uno de ellos es sólo pagarse de vanas palabras.

c) Quizá el logro menos espectacular y con mucho el más dudoso del movimiento feminista haya sido la consecución de la puesta en marcha de políticas públicas segregacionistas en diferentes partes del mundo. Segregacionismo que sólo de una manera muy oscura podemos llamar progresista, ya que posee un mecanismo común a la mentalidad machista que en su momento instauró la vestimenta femenina, la separación genérica de los servicios sanitarios y la institucionalización de escuelas para hombres y para mujeres. Consideremos un caso bien conocido en el contexto nacional: las leyes de separación pública de géneros en los transportes masivos de la Ciudad de México. A primera vista, lo que ciertos gobiernos “izquierdistas” de México y otras partes del mundo han vendido como un gran logro del feminismo sólo abona en sentido contrario: la confirmación de que las mujeres son, por naturaleza (ése es el trasfondo), tan frágiles, débiles y estúpidas que necesitan ser aisladas de las hordas masculinas ante las que, una vez más por naturaleza, no tienen la capacidad de defenderse por sí mismas.

Apelar a una naturaleza radicalmente diversa entre hombres y mujeres no sólo apuntala al machismo, sino que nos retrotrae a un tipo de mentalidad que la evolución intelectual del pensamiento occidental superó tiempo atrás. Que las creencias, aseveraciones y comprensión del mundo se modifiquen con el tiempo parecería ser algo empíricamente comprobable. Sin embargo, en la actualidad hay un cierto tipo de feminismo que continúa sosteniendo exactamente lo mismo que en tiempos arcaicos. Que existe una diferencia natural entre hombres y mujeres; que entre unos y otras hay un abismo ontológico insalvable, necesario, ineludible. Al afirmar una metafísica así las consecuencias de superficie se suceden en cascada: la reconciliación es imposible, de manera que lo único que queda es la tolerancia; la disparidad es irremediable, de modo que sólo queda el aislamiento, y la posibilidad de lograr un modificación sustancial del mundo es inexistente, por lo que la única salida es la confirmación de la diferencia.

Quizá el logro menos espectacular y con mucho el más dudoso del movimiento feminista haya sido la consecución de la puesta en marcha de políticas públicas segregacionistas en diferentes partes del mundo. Segregacionismo que sólo de una manera muy oscura podemos llamar progresista, ya que posee un mecanismo común a la mentalidad machista que en su momento instauró la vestimenta femenina, la separación genérica de los servicios sanitarios y la institucionalización de escuelas para hombres y para mujeres.

3. Con seguridad, la réplica tentativa a estas cuestiones es que sí han servido de algo. Han jalonado al sistema social hacia una mejor distribución del poder entre los géneros. Han permitido que las mujeres se integren de una manera mucho más igualitaria dentro de la estructura del sistema-mundo. Por medio de sus esfuerzos teóricos, sociales y propagandísticos el feminismo ha provocado que un cúmulo de derechos de las mujeres se incrusten en las estructuras político-legales de buena parte del mundo. Todo esto puede ser verídico y hasta cierto punto es certero que en los últimos cien años se ha logrado que la vida social sea un poco más equilibrada en la convivencia entre hombres y mujeres. Sin embargo, hay cuestiones problemáticas que surgen de inmediato: ¿qué tantas, qué tanto y qué tipo de mujeres se han beneficiado con la gradualidad de este avance social?

Un problema transversal tiene que ver con el estrato social del que ha emergido el feminismo, tanto el histórico como el contemporáneo. Sin duda, un examen sociológico de la clase social a la que pertenecieron las feministas históricas que en su momento lograron la igualdad de empleos para hombres y mujeres, así como el estatus de ciudadanía para ambos géneros, sería revelador de la manera en que afrontaron la situación, sin darse cuenta de lo problemático de la estructura del sistema de producción en su totalidad, lo mismo para mujeres que para hombres. El grueso de ellas perteneció a la burguesía capitalista de las regiones centrales del planeta.

Esta realidad poco o nada se ha modificado al día de hoy. La mayoría de las feministas son integrantes de las clases educadas, acomodadas y con expectativas de vida plena y diversa (lo mismo del centro que de la periferia del sistema-mundo). Son mujeres con la capacidad de interpretar sus derechos, las leyes y las interacciones sociales a la luz de un sofisticado aparato crítico, moldeado lo mismo en la academia que en la sátira política o en el activismo social organizado. La sofisticación ha llegado incluso a extremos de exquisitez como la promulgación de un “feminismo hedonista”, como afirmaba una venerada investigadora de género en los tiempos que impartía cátedra en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), allá a principios de los noventa del siglo pasado.

De ninguna manera se trata de descalificar el compromiso feminista por razones de clase. Es importante y con seguridad inevitable que ciertas tendencias contestarias y progresistas provengan del mundo burgués, dadas sus consabidas características: estatus de ciudadanía, es decir, voz y voto; vida urbana con ingreso medio, con pequeños excedentes financieros para una mínima comodidad cotidiana; trabajo por cuenta, voluntad y capacidades propias; acceso a la educación para ser aceptablemente ilustrado, con un sólido sentido de civilidad y, sobre todo, un especial y muchas veces exacerbado y ácido espíritu crítico.

Sin embargo, sí es de la mayor importancia observar que el feminismo así entendido (que en verdad es el único que hay) no ha permeado en el grueso del sistema social global en el nivel vital de la convivencia cotidiana. Esto es particularmente cierto en el Tercer Mundo. En países como el nuestro el machismo explota en amplios sectores de la sociedad a manera de violencia incontenible (y en muchas ocasiones los hombres somos ciegos a este tipo de conductas: las ejecutamos de manera natural, como si fueran parte de un orden preestablecido del mundo y de la vida), con la aceptación tácita de la mayor parte del organismo social, mujeres incluidas.

4. A finales del año pasado el periódico mexicano La Prensa, especializado en noticias de sangre, publicó una nota sobre un jovenzuelo de dieciocho años que, en complicidad con otros dos jóvenes individuos, asesinó a su novia de veintiún años. El motivo: celos y rabia pasional. En su declaración ministerial el sujeto dijo que desde que la joven había comenzado a trabajar en un restaurante del aeropuerto internacional de la Ciudad de México (a saber, “Casa Ávila”, lugar en que el atractivo son las “sexy meseras”) ya no le hacía caso: “La maté porque me despreciaba”, afirmó el desquiciado adolescente.

En el mismo diario, en el mes de mayo del 2009, se recogió un hecho de sangre más, aunque especialmente brutal: un hombre joven asesinó a golpes a una bebé de ocho meses porque “era muy llorona” y no lo dejaba dormir. El homicidio fue cometido ante la vista de la madre, sin oposición alguna por parte de ella. Todavía más: en su declaración ministerial comenzó mintiendo para encubrir al asesino, afirmando que la niña “se había caído”; la razón: ella estaba muy feliz porque el hombre “había regresado a su lado” después de haberla abandonado durante medio año.

Los casos en cuestión son algunos de tantos, decenas de miles, que ocurren a lo largo y ancho del país, el continente, el planeta. Este tipo de hechos, que yacen en los bajos fondos de la conducta humana, permean la totalidad del sistema social, aunque encarnizándose en los estratos que han sido excluidos del conjunto de beneficios que el sistema-mundo tal y como lo conocemos concentra en muy pocas manos.

Además de las anomalías psicológicas particulares de los asesinos caseros mencionados, su comportamiento furioso refleja un profundo desprecio por el género femenino cuya cosificación es el corolario de un desnivel estructural aceptado, asimilado y reproducido por ambos géneros en la cotidianidad vivencial. Desnivel que comienza con la aceptación acrítica de roles preestablecidos con su pléyade de binomios que ideológicamente se afirman como “naturales”; entre otros: arriba/abajo, superior/inferior, fuerte/débil, racional/sentimental, vulnerable/protegido, etcétera. En el orden social así establecido se comienza afirmando que la cocina y la limpieza son tareas femeninas y se termina avalando una espiral de violencia que culmina en sanguinarios asesinatos.

El feminismo clásico, en sus diferentes vertientes, poco o nada puede hacer ante esta realidad.8 El gradualismo pseudo-estabilizador feminista que al cabo de una centuria ha conseguido que un cierto conjunto de mujeres de clase media tenga derecho al voto, igualdad salarial, clínicas abortivas legales y vagones del metro exclusivos en horas “pico” pasa de largo de la verdadera inequidad de géneros. La que opera irrefrenable día con día en las relaciones interpersonales y se preserva institucionalizada en la educación, las normas de convivencia al uso y el sistema jurídico de prácticamente el mundo entero.

Pensar que el puñado de logros políticos que el feminismo ha conseguido establecer en ciertas partes del mundo occidental durante el coletazo final de la Modernidad pudiera tener un efecto universalizable amplificador es tan ilusorio como la fantasía neoliberal que supone que la acumulación extrema de capital en la punta de la pirámide social gradualmente “goteará” hacia el resto del sistema social.

Sin pretender tener la solución a un asunto que de manera impostergable tendrá que incorporar los alcances de ciertas teorías feministas sobre la distribución del poder en la sociedad, la conformación teórico-práctica del cuerpo, la institucionalización de la semántica masculina y demás, me parece que el cambio de foco tendrá que ir más allá del machismo y del feminismo para concentrarse en los seres humanos sin más.

5. La oposición clásica entre machismo y feminismo está irremediablemente contaminada por la estructura machista ancestral de la humanidad y por su exacerbación en uno de los más contradictorios órdenes sociales que ha habido: el sistema-mundo capitalista. El feminismo clásico no ha podido quebrar ni uno ni otro. En este sentido, pese a sus declaradas intenciones en contrario, es uno más de los engendros del sistema y, en esa medida, bien puede ser clasificado como “certeza moral interesada”.9 Comparte así rasgos ideológicos y estructurales con otro tipo de convicciones unilaterales de esta clase, como ha sido la imposición de los “derechos humanos” del centro a la periferia del sistema. Son “valores universales […] creación social de las capas dominantes de un sistema-mundo específico”.10

Junto con otros sistemas de pensamiento crítico, contestatario y pretendidamente antisistémicos, como fue el marxismo histórico en sus diversas variantes, tanto teóricas como instrumentales, el feminismo ha llegado a su hora cero. Los logros que tuvo abonaron la eficacia del sistema-mundo actual que ha llegado a un punto de crisis estructural.11 Los magros logros obtenidos, la validación de la división entre hombres y mujeres y el callejón sin salida de un gradualismo a cuentagotas hablan por sí mismos de la necesidad de una reformulación del problema.

Sin pretender tener la solución a un asunto que de manera impostergable tendrá que incorporar los alcances de ciertas teorías feministas sobre la distribución del poder en la sociedad, la conformación teórico-práctica del cuerpo, la institucionalización de la semántica masculina y demás, me parece que el cambio de foco tendrá que ir más allá del machismo y del feminismo para concentrarse en los seres humanos sin más.

Así, si el feminismo tiene la capacidad de mutar para convertirse en un enclave teórico-instrumental que ayude a deconstruir los nudos gordianos de un sistema social intrínsecamente desequilibrado, tal mutación habrá de rebasar el pensamiento de cuño machista y capitalista (en el que irremediablemente se ha inscrito) para ubicarse en un espacio de pensamiento incógnito cuya posibilidad de enraizar y florecer pudiera estar abierta justo en el futuro inmediato ante la inexorable marcha que presenta el sistema-mundo contemporáneo hacia una modificación sustancial de sus fundamentos vitales. Momento preciso para “la evaluación seria de alternativas históricas, del ejercicio de nuestro juicio en lo que toca a la racionalidad fundamental de posibles sistemas históricos alternativos”.12

En este espacio creativo que se vislumbra, al mismo tiempo edificante y tumultuoso, el feminismo, si ha de prevalecer, tendrá que dejar los vectores machistas interconstruidos que le han insuflado vida durante tanto tiempo para convertirse, sin más, en un humanismo contestatario y redentor.

Notas
1 Una versión abreviada del presente ensayo fue publicada en la revista Milenio Semanal, no. 746, del 9 de octubre de 2011.
2 De acuerdo con la definición clásica de Magoroh Maruyama: cuando dos procesos mutuamente causales se encuentran el resultado es la expansión de la combinación de ambos. Véase su ensayo “The Second Cybernetics: Deviation-Amplifying Mutual Causal Proccesses” en American Scientist 5:2, junio de 1963.
3 Immanuel Wallerstein, “La Revolución francesa como suceso histórico mundial” en Impensar las ciencias sociales, México: Siglo XXI Editores-CIICH-UNAM, 1998, p. 19.
4 Sigo a Wallerstein en Después del liberalismo, México, Siglo XXI Editores-CIICH-UNAM, 2005, pp. 99-104.
Ibid., p. 100.
6 Véase I. Wallerstein, Conocer el mundo, saber el mundo, México: Siglo XXI Editores-CIICH-UNAM, 2007, pp. 46-47.
7 Cfr. I. Wallerstein, Utopística o las opciones históricas del siglo XXI, México: Siglo XXI Editores-CIICH-UNAM, 2007, p. 12.
8 Que en los últimos tiempos se haya puesto de moda llamar a esta especie de hechos de sangre “feminicidios” sólo habla de la sensibilidad mediática para las tendencias teóricas superficiales y no de un verdadero giro en la comprensión (y mucho menos en la prevención) de esta clase de violencia que sin duda es de género, pero también es mucho más: es contra la especie humana sin más.
9 Véase I. Wallerstein, Universalismo europeo, México: Siglo XXI Editores, p. 44.
10 Ibid., pp. 44-45.
11 “…el moderno sistema mundial, como sistema histórico, ha entrado en una crisis terminal y dentro de cincuenta años es poco probable que exista. Sin embargo, como el desenlace es incierto no sabemos si el sistema (o los sistemas) resultante será mejor o peor que éste en el que ahora vivimos, aunque sí sabemos que el periodo de transición será una época de tremendas perturbaciones”; Wallerstein, Conocer el mundo, saber el mundo, op. Cit., p. 5.
12 Confróntese I. Wallerstein, Utopística…, op. Cit., p. 65.

Autor: Manuel Guillén

Fuente: http://revistareplicante.com

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